ROBAR —el verbo que suena por toda la huida de Jacob como una alarma. Raquel roba los terafines de su padre (Génesis 31:19); Jacob roba el CORAZÓN de Labán (31:20) —ganav lev, el modismo hebreo para engañar, embaucar a alguien (Absalón «roba el corazón» de Israel más tarde, 2 Samuel 15:6)—; y Labán le devuelve la palabra tres veces («me robaste el corazón… me robaste… ¿por qué robaste mis dioses?», 31:26-30). La casa entera del suplantador resulta ser una casa de ladrones. Es la palabra más llana detrás del octavo mandamiento, «no robarás» (Éxodo 20:15). ⭐ Deuteronomio 24:7 (ya en estas páginas) es el caso capital: al hombre hallado robando a una persona, gonev néfesh, de entre sus hermanos, traficando con él y vendiéndolo, se le llama ha-gannav, ese ladrón, y muere —y los dos verbos, robado y vendido, son los dos que José usa de sí mismo en Génesis 40:15 y sus hermanos en 37:27. Una lectura rabínica, referida aquí y no adoptada, toma el no robarás del mandamiento como este robo en particular, porque los mandamientos que lo flanquean son capitales y robar un objeto no lo es. El estante moderno imprime «secuestrador» (NVI, TNM 2019) donde el hebreo tiene el sustantivo corriente del ladrón, que la RV60 conserva, «el tal ladrón». → primero comentado en Génesis 31:20